Hubo una Ibiza en cuyo puerto reinaban pailebotes del siglo XIX y silenciosos pescadores de mirada adusta que cosían sus redes. De cuando la llegada a la isla en barco, presidida por la estampa de la ciudad amurallada, era un momento casi sagrado. Hubo una Ibiza en la que lo único que se escuchaba en las playas era el mar, los gritos de los juegos infantiles y los graznidos de las gaviotas. Hubo una Ibiza que nada tiene que ver con la del lujo, la de los ricos, la de los millonarios que la llenan durante los meses de verano.

Los primeros en descubrir Ibiza fueron los “peluts” (peludos), tal como llamaba la población local a los hippies. La mayoría de ellos se asentaron en la región de Sant Carles. Por poco dinero compraban a los lugareños las casitas blancas con forma de cubo. Por la noche, se reunían en Las Dalias, el punto neurálgico de la cultura hippie en la isla en aquellos tiempos. Fue una época dorada.

No solo el mercadillo Las Dalias es una institución en Ibiza, sino también el bar Ca n’Anneta, situado enfrente de la iglesia pintada de blanco de Sant Carles. Además de las deliciosas tapas que ofrece, también cuenta con una larga historia como el oasis de ese mundillo. “Gracias a la gloria de los viejos tiempos, captamos a muchos nuevos clientes”, dice el camarero Pepe Guasch. Hasta el día de hoy, el norte y el noroeste de la isla son el epicentro de la cultura hippie. Menos tranquilo es el ambiente en Sant Antoni, en el oeste de la isla. Este antiguo pueblo de pescadores con su gran bahía es hoy una de las ciudades más grandes de Ibiza, que cuenta con elegantes discotecas y la mayor densidad de clubes en la isla. En Café del Mar, unos de los bares con vistas al mar más famosos de Ibiza, cada noche cientos de personas aguardan el momento para contemplar la puesta del Sol.

Indiscutiblemente, Ibiza era el lugar ideal para hippies, personajes al margen de la ley, yuppies europeos o americanos que se anticiparon al downsistem o desertores de la guerra del Vietnam con el beneplácito de sus comprensivos padres, que les giraban mensualmente sus dólares al único banco del pueblo. La isla era un lugar apartado, barato –entonces se podía alquilar una casita de campo por 30 euros al mes– y con un clima privilegiado. ¿Qué más se podía pedir?

Por la Ibiza de hoy desfilan todo tipo de personajes famosos: Paris Hilton y su desmedido sueldo como discjockey; la baronesa Thyssen, que recibió a bordo del ‘Mata Mua’ a los inspectores de Hacienda; Puff Daddy, que se quedó colgado en tierra con sus amigos después de que destrozaran el interior del megayate de lujo que habían alquilado para sus vacaciones; Naomi Campbell y su fiesta de cumpleaños con miles de invitados; Stefano Gabbana y su afición de vestir a la tripulación con los disfraces más absurdos…

Además de millonarios anónimos que no dudan en pagar decenas de miles de euros por una botella de champán, por una cama balinesa para una mañana de playa o que no tienen reparos en utilizar su jet privado para, por ejemplo, que uno de sus empleados se desplace a cualquier punto del planeta para recoger un vestido que tienen el capricho de ponerse, la laca del pelo que olvidaron en casa o para que vuele hasta ellos su adorada mascota, a la que echan de menos.

Parte importante lo ocupan los jeques árabes, algunos de ellos bien conocidos por los lugareños, con los que les gusta mezclarse. Esa afición por pasar desapercibidos que les lleva a tomarse un helado en el negocio familiar que ha congregado a generaciones de ibicencos contrasta con la ostentación de la que hacen gala en otros aspectos: 67 coches de alta gama para su séquito que se lavan cada día aunque no los hayan utilizado o yates de cien metros de eslora que utilizan sólo para llevar a las jóvenes que renuevan cada semana y que sólo llaman a su barco cuando sienten la necesidad de desahogarse, entre otras excentricidades.

Una isla que presume de acoger el restaurante más caro del mundo (1.502 euros por menú y persona), no el mejor, sino el más caro, o donde se ha vendido la botella de champán más cara del planeta: 1,7 millones de euros. Botellas de champán de 65.000 euros, un restaurante de 1.500 euros el cubierto, suites de hotel de 180 metros cuadrados y yates de 150 metros de eslora con sistemas antimisiles. Todo esto es posible encontrarlo en Ibiza, la isla que hace aún pocas décadas era un anónimo paraíso de hippies melenudos y una feliz arcadia rural. Mandatarios políticos, deportistas de élite, actores de Hollywood, magnates rusos y jeques árabes acuden ahora en tropel a la isla en busca de sus playas y sus fiestas.

El puerto de Ibiza ha dejado de ser un puerto para convertirse en un show. En los muelles ya no hay pasajeros normales, ni se ven familias reencontrándose al descargar las maletas, ni abrazos tras el regreso. Hoy, los andenes se han convertido en un escaparate de ostentación para millonarios, en una exhibición permanente de lujo exagerado, en la que magnates, artistas y también delincuentes de alto nivel compiten por ver quién tiene el yate más descomunal, más caro y más recargado de riquezas.

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